En nuestra travesía por la historia de la fotografía, nos adentramos en el fascinante mundo de la Cianotipia, un proceso monocromático que resulta en una imagen negativa con un característico tono azul de Prusia, conocido como cianotipo.

El origen de la Cianotipia se remonta a 1842, cuando el astrónomo inglés Sir John Herschel ideó este procedimiento. Sin embargo, fue la botánica británica Anna Atkins quien lo llevó a la práctica de manera inmediata. Atkins, reconocida por su serie de libros documentando helechos y otras plantas, utilizó el cianotipo para ilustrar sus obras sin necesidad de recurrir al dibujo. Su trabajo pionero en la serie British Algae de 1843 la consagra como la primera mujer fotógrafa de la historia. Inicialmente utilizado para copiar planos de arquitectura, el proceso evolucionó hacia un uso más artístico tras la llegada de las copias heliográficas.

El proceso de cianotipia implica la mezcla equitativa de una solución al 8% de ferricianuro de potasio y una solución al 20% de citrato de amonio y hierro. Esta solución fotosensible se aplica sobre una superficie, preferiblemente papel, que puede secarse al aire o con ayuda de una secadora en un lugar sin exposición a los rayos UV. Las copias cianotípicas pueden realizarse en cualquier superficie capaz de absorber la solución de hierro, aunque el papel sigue siendo el medio más común y preferido.
Al exponer la superficie tratada a la luz ultravioleta, el hierro en las áreas expuestas se reduce, lo que ocasiona el cambio de tono característico hacia el azul que da nombre al proceso. La intensidad del color depende de la duración de la exposición, siendo suficiente un tiempo aproximado de entre 10 a 20 minutos en un día soleado para obtener resultados satisfactorios. Tras una fase de enjuague final que elimina las sustancias fotosensibles del papel, la imagen revela su tonalidad azul definitiva una vez que el colorante se oxida, alcanzando así el contraste y la viveza deseados.

